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Hola! Soy Marta Pato y quiero compartir contigo mi propósito de expandir la consciencia y facilitar el autén...

Batido de memorias con sabor a té verde

El tiempo se detuvo en Kyoto. Era mañana Zen dentro y fábrica metalúrgica fuera. Los ventanales panelados de madera y arroz del ryokan acentuaban el contraste. Conecté con un estado de atención presente enfocado a cámara lenta. Me movía como por casa con energía yang en la pisada descalza y un aire sexying en el vestir. Unas veces con kimono, otras kimono con jeans que se veía al sentarme y cruzar las piernas y otras con vestido rojo, lápiz de labios a juego y trazo negro de eyeliner en la mirada. Desfilaba con mezcla de estilos entre Oriente y Occidente, nueva tendencia para seguidores en moda. Sin embargo, la mejor indumentaria era la del onsen unisex donde estábamos tal y como venimos al mundo. 

El recepcionista no dijo konichiwa sino un claro buenos días para mi sorpresa. Esas dos palabras sonaban amigables cuando estás habituada a oír caras rasgadas de ojos hinchados - Soy japonés 100%, cuerpo, corazón y cabeza. Estoy aprendiendo algo de español. Somos muy diferentes sobre todo aquí- dijo, mientras señalaba con el dedo índice su cabeza.

Aunque sería más prudente contrastarlo con un neurocientífico, me atrevo a decir que el cerebro japonés procesa con un sistema operativo simplemente distinto. No sé a qué es debido, si por efecto de la costa pacífica en ese lado del mundo, o que, desde pequeños les educan a contener el sistema límbico. Como aquella madre que en la estación de tren bulliciosa enseñaba a su hijo de unos cinco años a parar las lágrimas por quedarse solo, sentado en la maleta, mientras ella guardaba la cola para comprar los billetes. Pocas palabras bastaron para acallar la rabieta. Madres españolas, verlo para creerlo.

La cognición a la japonesa es rigurosa y estructurada. El oído busca la llave de entrada de  información del occidental, el ojo cuadricula las opciones convirtiendo las palabras en juego de tetris, la cabeza se agita en microespasmos para oxigenenar la maquinaria neural y la boca, primero aspira aire en golpe seco de arte marcial y, después, exhala un suspiro entrecortado. La sonoridad y el lenguaje no verbal japoneses son un espectáculo que sorprende más que cuando sorben los udon de la sopa o caminan en pasos breves asintiendo con la cabeza y meciendo las manos al aire tipo butoh o kabuki.

Los cuatro días anteriores en Tokyo sirvieron para disolver mis condicionantes occidentales hasta colocarme en modo niña. Una niña que vuelve a aprenderlo todo de nuevas. Los códigos son muy distintos y conviene tomarlos desde el punto cero. Como Alicia en el país de las maravillas me metí en la madriguera de un cómic manga. Por fortuna contaba en mi memoria con Mazinger Z y Afrodita. Entrar en este juego infantil mejoraba notablemente la comunicación y lograba algo de paz mental entre el bullicioso caos japonés ordenado en fila india. Como no hablo japonés, aprendí que el lenguaje de signos superaba al inglés porque sencillamente no lo hablan, o, si lo hacen, el acento  altera notablemente el entendimiento. 

Mi compañera de los últimos días se llamaba paciencia. Paciencia para esperar al ascensor. Paciencia para localizar en el mapa los lugares a visitar. Paciencia para trasladarlo al mapa en japonés que es el único que te salva la vida cuando inevitablemente tienes que preguntar a un local porque te has perdido. Paciencia para movilizarte de un lugar a otro en distintos medios de transporte. En definitiva, paciencia. 

Puse un pie fuera del ryokan y crucé la primera esquina con cierta precaución. Hice una foto al cartel del que nada más entendía la dirección de una flecha. El ryokan estaba fuera del centro y es fácil perderse, más que fácil. Cuando pisé el asfalto sentí traspasar la conocida zona de confort de la que tanto se habla en crecimiento personal. Empezaba la aventura. El viaje fuera no deja de ser un viaje dentro. Ir sola me permitió y expuso a situaciones que de otro modo no suceden: salir de la Kyoto tower gracias a un dibujo que hice a una local porque no entendía la palabra exit, entrar en un templo solo para japos después de permanecer largo tiempo en la puerta como cuando, tal y como había leído en cientos de libros, el aprendiz espera a ser recibido por el maestro, bajarme de un taxi por desacuerdo en la tarifa aún sin batería en el móvil y con pocos yenes en el bolsillo para coger otro, colarme en una okiya o casa de geishas como quien vuelve a casa de los antepasados.