Aprender a Amar

El amor es un tema vital que se ha tratado en innumerables ocasiones. Hemos aprendido de clásicos como Wiliam James que el comportamiento no puede ser reducido a simples instintos, de Schachter que no tenemos nuestros sentimientos sino que los interpretamos y de Erich Fromm la importancia de mirar hacia el ser y al amor no solo como destino sino también como trabajo personal. El amor es una realidad de la existencia misma del ser humano. Aprender a amar es aprender a vivir y aprender a vivir es aprender a amar. 

Todos vivimos sedientos de amor, sin embargo nos pasamos por alto una cuestión fundamental: ¿estamos dispuestos a adentrarnos en el conocimiento de nosotros mismos y de los demás?

Desórdenes y órdenes del amor

El amor comienza a desordenarse en la infancia y a ordenarse con la madurez. Nacemos como pequeños radares receptivos y abiertos sin saber muy bien qué hacer con todo eso. De la familia heredamos genes y patrones de comportamiento que determinan la personalidad. Al ir creciendo, vamos añadiendo las interpretaciones individuales del propio aprendizaje. Como adultos, nos enfrentamos al miedo a amar, sentimos miedo al compromiso, al abandono y a perder la libertad.
¿Cómo ordenar tanto desorden?. Al madurar disolvemos las huellas de la niñez comprendiendo nuestra historia personal y los eventos imprevistos de la vida. La madurez nos revela que el miedo es un engaño a nosotros mismos. Estos miedos son pensamientos y sentimientos inventados para seguir ocultando el amor mismo con el que nacimos. Madurar es reconectar con el sentido perdido de nosotros y de nuestras relaciones. Aprendemos a amar y aprendemos del amor.

Diferencias y expectativas: obstáculos del amor

Conviene tener presente que las personas a las que amamos siempre nos van a decepcionar en algo. Somos diferentes. La diferencia enriquece cuando los caminos se aproximan al común entendimiento. Las expectativas son un peligro. Si esperamos que los demás se comporten de una determinada forma y llenen el vacío que no encontramos, creamos relaciones de necesidad, carencia y apego.
¿Qué sucede si nos libramos de estos obstáculos?. Limar las diferencias y responsabilizarnos de nuestra propia felicidad conserva fresco y saludable el amor.

La autoestima y comunicación: claves determinantes

La aceptación, confianza y seguridad en nosotros mismos hace crecer la autoestima. Ayuda a vencer los miedos y despertar los profundos valores que se sustentan en el amor. Gracias a la comunicación podemos definir claramente nuestros límites, pedir respeto por nuestro tiempo, compartir nuestros sentimientos, especificando qué nos hace sentir bien y qué no. Revisemos durante un cierto tiempo nuestra actitud ante nuestras relaciones. Fortalezcamos el diálogo continuo, la confianza y el contacto amoroso.
¿A quién tenemos algo pendiente que decir? Lo que no supimos decir nos dolerá eternamente. Sólo el valor de un corazón abierto podrá liberarnos de la congoja de lo pendiente. Nuestros encuentros en la vida son momentos fugaces que debemos aprovechar con la verdad de la palabra y la sutileza de los sentimientos.

Biología como disculpa de las diferencias

No todo lo que separa a hombres y mujeres hay que remitirlo a explicaciones neurobiológicas. El corte de los cerebros demuestra que hombres y mujeres pensamos diferente.  
¿De qué nos sirve justificar que en las hormonas encontramos los responsables de las diferencias?  Es demasiado decepcionante dejarlo todo en manos de la evolución del cuerpo calloso. Identificar en el cerebro modos de comportamiento psicológico es tan difícil como si un profano desarmara un ordenador e intentara buscar un chip con el código de ceros y unos.

La moda del amor incondicional

El amor incondicional parece no tener en cuenta las necesidades personales. A veces hasta tal punto que podemos desvalorizarnos a nosotros y a nuestro amor mismo. En el amor romántico cuando somos correspondidos creamos una magnífica ilusión. Esa ilusión está viva por falta de conocimiento completo de las vidas y personalidades. Para no dañar la ilusión, nos concentramos en compartir desde lo que une, evitando todo aquello que provoca rechazo.
¿Quién quiere vivir en un mundo ideal?. A lo largo del tiempo esa ilusión se va confrontando más con nuestras necesidades. Al indagar en las diferencias puede peligrar el vínculo de seguridad, sin embargo conviene considerar que esas diferencias sirvieron de atracción un día y son determinantes para despejar la ilusión. Si no despejamos la ilusión nos estancamos e interrumpimos el crecimiento.

El amarse a uno mismo como panacea

Un estado idílico sería el que defiende el ámate a ti mismo, apóyate a ti mismo y no esperes de otros tu felicidad. El psicólogo David Schnarch busca reglas para mantener este estado ideal. Estamos de acuerdo que es una base fundamental para despojarnos de la dependencia emocional y del amor infantil. Aprender a amarnos a nosotros mismos tal vez nos lleve toda una vida y mientras tanto, seamos realistas ¿a quién no le gusta sentirse amado por los demás?, ¿a quién no le gusta sentirse apoyado por sus seres queridos?. En estos tiempos de autonomía emocional, que una persona controle sola sus miedos y calme por sí misma sus dolores es un bonito requerimiento, sin embargo puede llegar a convertirse en algo inhumano, si es exagerado. 

¿Hay una salida a todo este enredo del amor?


Un nuevo nivel de conciencia requiere no sustituir unos mitos del pasado por la probabilidad de crear nuevos mitos futuros sobre el amor. La alegría del amor reside en tratarnos a nosotros mismos y a nuestras relaciones con respeto, ternura y comprensión. El mundo está en una gran confusión, un gran caos, a todos los niveles; político, económico, social. ¿A qué nos estamos aferrando? A nuestras ideas, creencias y condicionantes. La grandeza del amor libera a las personas de la jaula de su propia psique. Como diría Krishnamurti la salida está en pensar juntos sin divisiones de egos, en total atención y libertad. Así pues, pensemos juntos cómo aprender a amar y del amor.

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